Capítulo ocho:
Bienvenido al Desfile negro.
Bienvenido al Desfile negro.
Cuando aún era un crío, su padre lo había cridado con historias ficticias en donde una gran mujer, madre de todos era conocida como “Madre guerra” porque luchaba por sus hijos, sus hijos, el miedo —Fear—, Fé —Faith—, y los pacientes. Ella nunca había hablado en los relatos de su padre, pues se mantenía con una máscara de gas conectada a algo más, ellos iban hacían marchas concurrentemente, para celebrar la nueva vida de alguien, de alguien que morirá en su mundo…
¡Y no podía creerlo!
Estaba ahí parado, en el mismo lugar que su padre le había relatado en esas
tontas historias ficticias, creándole una imaginación loca. Pero ahora no era
tan loco, estaba ahí, caminando con un enorme camisón y unas ojeras exageradas,
desorientado, pero tranquilo.
Había muerto y eso lo sabía, su padre le había dicho que cuando muriera
llegaría a ese lugar y que cuando lo hiciera no temiera por ello, al contario,
que se sintiera alegre y aliviado, porque ahí, nadie podía hacerle daño.
Sentía como si sus últimas horas las hubiese pasado mal en el hospital,
recostado en una cama fría y dura, pero ahora se sentía cálido, muy cálido. Y
de hecho le sorprendía lo simple de haber llegado ahí y no regresar al infierno
de nuevo.
Su padre le dijo que sería un salvador de todos aquellos que lo necesitaran, de
los destrozados, de los maldecidos ¿Acaso estaba bromeando? O quizás ¿Él había
hecho mal las cosas? Pero era tarde para retractarse, y aún así, no se
arrepentía, pues estaba en el lugar que tanto había deseado desde que era un
niño pequeño. Le dijo que los derrotaría y que él sería el vencedor, le ganaría
a sus demonios, a los demonios que lo perseguirían hasta el fin y le
arruinarían el plan que había llevado a cabo.
Y los demonios eran la policía. No los había dejado ganar, pues él lo decidió
primero.
Su padre lo dejo incluso unos días después de decirle, que un fantasma lo
guiara hasta el desierto, y que amaría su desfile negro.
A veces sentía la sensación de que ella estaba mirándole, con odio, y otras
veces más sentía como que él debería ir, ignorando a todos los muertos
caminantes que se le han aparecido. Cuando ella ya no estaba, él quería que lo
supiera todo. Que continuaría y seguiría, que a pesar de que ella haya muerto e
ido, el seguiría en su memoria. Ella seguiría en su memoria, hasta que su
corazón ya no pudiera soportarlo un poco más.
El mundo no se detendría y le daría todos sus sueños, la miseria y el odio que
emanaba, los matarían a todos.
Con fuerza de voluntad, alzó su rostro y dejó un grito fuerte y claro.
—¡Lucharé hasta el final! ¡Seguiré!
Dio media vuelta en su lugar encontrándose a una bola de personas. Nadie
sonreía, pero él sentía que ellos le miraban felices, como sí lo que acababa de
decir fuera algo para sorprenderse. Y aún sin decir nada ellos comenzaron a
caminar hacia él, personas disfrazadas, otras no tanto. Él también estaba
ansioso.
Y “Madre guerra” apareció de espaldas enfrente de él girándose lentamente.
—Perdóneme por no haber nacido una niña, entonces así no habría tenido que
lidiar conmigo.
Ella no dijo nada. Simplemente se quedó inmóvil y el aprovechando aquel gesto,
aprovecho para mirarla un poco más de cerca en lo que los demás se acercaban a
él a paso lento, en una marca, en un desfile y era el desfile negro.
Estaba siendo bienvenido a su nueva vida y a su nuevo hogar. Quizás “hogar” no
era la palabra correcta, pero debido a que ahora pasaría su eternidad así, así
había decidido llamarle.
Dejándola inmóvil, continuo para acercarse al miedo a “Fear” y a la fé “Faith”
según su padre.
Su marcha como una viuda continuaría, vería las caras conmovedoras de algunos
amigos suyos, sin embargo nadie se retendría ahí, continuarían llevándose sus
miedos. Podrían mirarle, pero no le importaría ni un poco.
Hacerlo o morir.
Nunca lo harían, porque el mundo nunca tomaría su corazón.
Podrían intentarlo, pero jamás lo iban a lograr.
Todos lo deseaban y estaba dispuesto a jugársela por eso.
No pararía por alguna explicación ni por alguna disculpa.
No se avergonzaba y podría mostrar las miles de cicatrices que se había ganado
en vida.
Era la silla de todos los maldecidos.
Por todas esas heridas que eran cicatriz… y por todos esos fantasmas que le
perseguían y que nunca le dejarían en paz.
Si caía, caían juntos. Junto a su amante. ¿Y su amante?
Su amante ya no estaba con él, la había dejado morir, porque la locura se había
apoderado de él y no podía actuar de otra forma que no fuera como un maldito
lunático. Un lunático que amaba a su amante, pero prefirió asesinarla que
soportarla un momento más.
“Si morían debían llegar juntos”
Creo que no. Y ahora estaba fracasando en el intento de olvidarla, y esperaba
que ella pudiera intentarlo.
Hasta el final del mundo, o en cualquier cosa que el posara la vista ¡Ella
estaba ahí! Nunca iría a casa, ¿Podría? ¿Debería? ¡Las cosas que ella le había
ocultado, que nunca le había dicho!
La parte más difícil de esto era dejarle.
Entendía que no podía hacer que se quedara y no podía decirlo tampoco, ante un
amor que era tan exigente. Si ella se quedaba sería perdonado. Pero igual lo
fue. El sadismo en asesinar esos cuerpos noche tras noche y después a esas
personas en el bar, todas aquellas inocentes. Más aparte el hecho de asesinar a
su prometida. Vaya que quizás donde estaba era un limbo. Nada de lo que ella le
había dicho le había impedido ir hacia su casa.
Y todas las sonrisas que fueron, son y serán eternas. Siempre.
Tuvo la sensación de que ella nunca estuvo sola y ahora recordaba como ella
moría en sus brazos una vez, y luego otra vez a causa de sus manos.
El fantasma de ella le estaría persiguiendo, sin embargo se lo pensó mejor y
decidió darse un tiro en la sien para terminar con su sufrimiento y para
ahorrarle el trabajo de venganza al fantasma de ella.
¡Eso era lo que era! Solo era un hombre, no era ningún héroe.
Apenas alguien que en su segunda vida había entendido su propósito.
No le importaba.
Él continuaría y eso era lo que haría. Sin su amante o no él tenía una vida en
el desfile negro, era parte de él, su destino era llegar a él. Ni siquiera
sabía que había hecho para llegar ahí, no sabía si era alguna causa buena o
mala. Pero había llegado ahí y esa era ahora su casa.

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