jueves, 11 de julio de 2013

Demolition Lovers: CAPÍTULO OCHO.



Capítulo ocho:
Bienvenido al Desfile negro.

Cuando aún era un crío, su padre lo había cridado con historias ficticias en donde una gran mujer, madre de todos era conocida como “Madre guerra” porque luchaba por sus hijos, sus hijos, el miedo —Fear—, Fé —Faith—, y los pacientes. Ella nunca había hablado en los relatos de su padre, pues se mantenía con una máscara de gas conectada a algo más, ellos iban hacían marchas concurrentemente, para celebrar la nueva vida de alguien, de alguien que morirá en su mundo…



¡Y no podía creerlo!
Estaba ahí parado, en el mismo lugar que su padre le había relatado en esas tontas historias ficticias, creándole una imaginación loca. Pero ahora no era tan loco, estaba ahí, caminando con un enorme camisón y unas ojeras exageradas, desorientado, pero tranquilo. 

Había muerto y eso lo sabía, su padre le había dicho que cuando muriera llegaría a ese lugar y que cuando lo hiciera no temiera por ello, al contario, que se sintiera alegre y aliviado, porque ahí, nadie podía hacerle daño.

Sentía como si sus últimas horas las hubiese pasado mal en el hospital, recostado en una cama fría y dura, pero ahora se sentía cálido, muy cálido. Y de hecho le sorprendía lo simple de haber llegado ahí y no regresar al infierno de nuevo.

Su padre le dijo que sería un salvador de todos aquellos que lo necesitaran, de los destrozados, de los maldecidos ¿Acaso estaba bromeando? O quizás ¿Él había hecho mal las cosas? Pero era tarde para retractarse, y aún así, no se arrepentía, pues estaba en el lugar que tanto había deseado desde que era un niño pequeño. Le dijo que los derrotaría y que él sería el vencedor, le ganaría a sus demonios, a los demonios que lo perseguirían hasta el fin y le arruinarían el plan que había llevado a cabo. 

Y los demonios eran la policía. No los había dejado ganar, pues él lo decidió primero.

Su padre lo dejo incluso unos días después de decirle, que un fantasma lo guiara hasta el desierto, y que amaría su desfile negro.

A veces sentía la sensación de que ella estaba mirándole, con odio, y otras veces más sentía como que él debería ir, ignorando a todos los muertos caminantes que se le han aparecido. Cuando ella ya no estaba, él quería que lo supiera todo. Que continuaría y seguiría, que a pesar de que ella haya muerto e ido, el seguiría en su memoria. Ella seguiría en su memoria, hasta que su corazón ya no pudiera soportarlo un poco más.

El mundo no se detendría y le daría todos sus sueños, la miseria y el odio que emanaba, los matarían a todos. 

Con fuerza de voluntad, alzó su rostro y dejó un grito fuerte y claro.

—¡Lucharé hasta el final! ¡Seguiré!

Dio media vuelta en su lugar encontrándose a una bola de personas. Nadie sonreía, pero él sentía que ellos le miraban felices, como sí lo que acababa de decir fuera algo para sorprenderse. Y aún sin decir nada ellos comenzaron a caminar hacia él, personas disfrazadas, otras no tanto. Él también estaba ansioso. 

Y “Madre guerra” apareció de espaldas enfrente de él girándose lentamente.

—Perdóneme por no haber nacido una niña, entonces así no habría tenido que lidiar conmigo.

Ella no dijo nada. Simplemente se quedó inmóvil y el aprovechando aquel gesto, aprovecho para mirarla un poco más de cerca en lo que los demás se acercaban a él a paso lento, en una marca, en un desfile y era el desfile negro.

Estaba siendo bienvenido a su nueva vida y a su nuevo hogar. Quizás “hogar” no era la palabra correcta, pero debido a que ahora pasaría su eternidad así, así había decidido llamarle.

Dejándola inmóvil, continuo para acercarse al miedo a “Fear” y a la fé “Faith” según su padre.

Su marcha como una viuda continuaría, vería las caras conmovedoras de algunos amigos suyos, sin embargo nadie se retendría ahí, continuarían llevándose sus miedos. Podrían mirarle, pero no le importaría ni un poco.

Hacerlo o morir.
Nunca lo harían, porque el mundo nunca tomaría su corazón.
Podrían intentarlo, pero jamás lo iban a lograr.
Todos lo deseaban y estaba dispuesto a jugársela por eso.
No pararía por alguna explicación ni por alguna disculpa.
No se avergonzaba y podría mostrar las miles de cicatrices que se había ganado en vida.
Era la silla de todos los maldecidos.

Por todas esas heridas que eran cicatriz… y por todos esos fantasmas que le perseguían y que nunca le dejarían en paz.

Si caía, caían juntos. Junto a su amante. ¿Y su amante?

Su amante ya no estaba con él, la había dejado morir, porque la locura se había apoderado de él y no podía actuar de otra forma que no fuera como un maldito lunático. Un lunático que amaba a su amante, pero prefirió asesinarla que soportarla un momento más.

“Si morían debían llegar juntos”
Creo que no. Y ahora estaba fracasando en el intento de olvidarla, y esperaba que ella pudiera intentarlo.

Hasta el final del mundo, o en cualquier cosa que el posara la vista ¡Ella estaba ahí! Nunca iría a casa, ¿Podría? ¿Debería? ¡Las cosas que ella le había ocultado, que nunca le había dicho!

La parte más difícil de esto era dejarle. 
Entendía que no podía hacer que se quedara y no podía decirlo tampoco, ante un amor que era tan exigente. Si ella se quedaba sería perdonado. Pero igual lo fue. El sadismo en asesinar esos cuerpos noche tras noche y después a esas personas en el bar, todas aquellas inocentes. Más aparte el hecho de asesinar a su prometida. Vaya que quizás donde estaba era un limbo. Nada de lo que ella le había dicho le había impedido ir hacia su casa.

Y todas las sonrisas que fueron, son y serán eternas. Siempre.
Tuvo la sensación de que ella nunca estuvo sola y ahora recordaba como ella moría en sus brazos una vez, y luego otra vez a causa de sus manos.

El fantasma de ella le estaría persiguiendo, sin embargo se lo pensó mejor y decidió darse un tiro en la sien para terminar con su sufrimiento y para ahorrarle el trabajo de venganza al fantasma de ella.

¡Eso era lo que era! Solo era un hombre, no era ningún héroe. 
Apenas alguien que en su segunda vida había entendido su propósito.

No le importaba.

Él continuaría y eso era lo que haría. Sin su amante o no él tenía una vida en el desfile negro, era parte de él, su destino era llegar a él. Ni siquiera sabía que había hecho para llegar ahí, no sabía si era alguna causa buena o mala. Pero había llegado ahí y esa era ahora su casa.

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