No la había desposado. Pero nunca es demasiado tarde en realidad, nunca lo es.
Estaba solo, con miedo, frío incluso, quizás y eso le hacía doler el ¿corazón? No veía a nadie, no sentía a nadie y eso le aterraba. Y ahora morir no era una salida. No la encontraba, su amada no estaba ahí y entonces no lo estaría nunca. Ella no estaba en el infierno. No estaba en ese lugar rojo candente y oscuro parecido a una cueva. Sería la cueva perfecta si aún siguiera con vida. Estaba solo para la eternidad. Y ahora no podía cambiarlo, no podía huir.
Ahora le decía adiós a la vida que tomaron, a la decisión que tomaron. A los corazones que rompieron. A su última noche, su última fiesta, su ultima vez. Ni todo el dinero del mundo, todo el cariño que recibieron, todos los susurros de perdón que podrían recibir los regresarían a la vida. Ahora estaban en un desfile al infierno.
Tembló de miedo en cuanto un olor putrefacto a azufre se coló a su nariz. Apestaba, horrible y ahora realmente sentía el miedo. Su garganta le picaba peo realmente no era incomodo, solo se sentía como si hubiera tomado cianuro hasta acabarse todos los frascos que hubiera a su alcance y a eso se refería a unos diez galones. Nada comparado a cuando estaba con vida.
Su corbata le estaba apretando el cuello pero tampoco le molestaba ahora, trato de zafarla jalando un poco su cuello para dejar que se ventilara un poco, pero solo logró ahogase un poco más en el calor que emanaba ese lugar. ¡Realmente era asqueroso y repulsivo! No quería estar más ahí. Se sentía desfallecer en cuanto vio algo parecido a un centauro, pero estaba claro en su mente que aquello no era un centauro. Era su dios, su diablo. Su religión.
Se tapo la nariz, porque sus ganas de vomitar se estaban volviendo incontrolables y aunque dudaba que muerto o no pudiera hacerlo estaba sintiendo el liquido quemarle la garganta; y eso era aún más asqueroso.
—Es muy grato tenerte por fin—. Aquel cuernudo se paró frente a él intimidándolo y aterrándolo. Haciéndole mecerse de un pie a otro, él se hizo más pequeño. Ese animal o lo que fuese era dos veces más grande que él. Quizás tres con los enormes cuernos que salían de su cabeza. —Te estaba esperando.
—Uhm, uhum… A-¿A mí? — Él respiró hondo, aspirando el repugnante olor a azufre. Pero no le provoco asco. No lo sentía, un efecto de estar muerto quizás.
—Así es — Esa cosa asintió y bajo su cabeza un poco para observarlo de cerca con una gran sonrisa macabra. — No estás tan muerto.
Él se sintió más asqueado por el olor que salía de la boca de aquel diablo pero intentó ignorar ese detalle, peguntando por algo que realmente le interesaba. O alguien.
—¿En dónde está ella?
—Estaba ansioso por que preguntaras por aquello—. Rió entre dientes aquel espectro color rojo vivo y ardiente, como el infierno. Pero no contestaba su pregunta.
—Sí, bueno… ¿En dónde está? — Insistió.
—Ella, bueno ella sigue viva. — Él se carcajeo en la cara del mismo diablo, cosa que le hizo emanar más calor y olor putrefacto. Enseguida se cayó llevando ambas manos a la nariz. Aspirando el aire puro que estaba entre sus manos, insistió de nuevo.
—Imposible, yo la eh asesinado.
—Tus municiones no fueron suficientes — Aquel demonio lo acaricio con su fantasma y lo hizo temblar.
—¿Qué se supone que me estás diciendo? — Seguía meciéndose de un píe a otro y ahora no era por incomodidad.
El mismo diablo sonrío con malicia y entonces soltó a reír con ganas.
—¿Y bien? — Él insistió por cuarta, quinta o sexta vez quizás.
—Está viva.
—Sí, eso acabas de decírmelo, y realmente no acabo de creérmelo.
El otro lo ignoró.
—Y para eso estaba ansioso de que llegaras, bien, oh sí, hagamos un trato, una tregua, un pacto o como gustes llamarlo, yo lo prefiero como un trato de compra y venta.
—¿Compra y venta?
—Estás vendiéndome tú alma a cambio de algo.
—Yo no te eh vendido nada.
—Entonces no quieres verla más, no te interesa — Su sonrisa era negra.
—¿Sí? —Se interesó un poco más. Esperaba que no fuera un absurdo y estúpido sueño. Sería demasiado. El diablo se rió un poco más.
—Te enviaré de regreso… Te daré tu vida de nuevo.
—¿A cambio de que? — El espectro sonrió con sus dientes afilados.
—A cambio de la vida de todos aquellos que te la quitaron. Aquellos que te miraron con terror. Aquellos que son inocentes. Antes lo hacías por comer. Ahora lo harás por venganza. Sé que la necesitas. Todos necesitan morir. Todos necesitan venir al infierno.
Él tragó saliva.
—¿Tienes miedo?
—No.
—Ella está esperando por ti.
—Lo sé, tengo que estar con ella.
—No la dejes morir, aún no, porque si ella muere… tú amada iría al purgatorio y no creo que tu quieras eso. ¿Oh sí?
¿Pero que rayos le estaba contando? Él sintió terror, y no porque su amante fuera al purgatorio, si no porque el mismo demonio le estaba ayudando. Era tan absurdo. Comenzaba a creer que fuera un estúpido sueño. Pero aunque se pellizcara mil veces, él seguía parado ahí, frente a ese cuernudo diablo. Y entonces se lo cuestionaba. El diablo le ayudaba, pero debía devolverle el favor llevando mil almas al infierno. Y es que sabía que no todos irían al infierno. Debía mandar solo a los que se lo merecían.
—¿Qué dices? Sabes que por mí, que se pudra en el purgatorio.
—¡No! Lo haré.
El diablo le sonrió de una manera creída y satisfactoria. Lo había conseguido.
—Almas, de todos los que te quitaron tu vida, y aquellos que no saben aprovecharla. De todos los que se te crucen en tu camino.
—Bien — Él asintió —Sí, lo haré.
—Si no cumples, me robaré tu alma, y te quedarás aquí, y ella se irá al purgatorio y ambos de pudrirán. Tráeme almas muchas almas, y cuando lo hagas la encontraras.
El solo pensarlo le provocó nauseas y negó rápidamente. El cuernudo espectro rojo volvió a carcajearse ante tal acto de niñez puro. Parecía un crio asustado, un crio frente a una bola de rufianes que estaban dispuestos a volverlo parte de su bando siempre y cuando, robara y extorsionara a algunas personas.
Él lo miró con ojo crítico y cerró los ojos para ya no mirar tan grotesca escena que sus ojos estaban presenciando. Y aquel sin decir algo más le regreso la vida en un ligero pero ruidoso chasquido de dedos. ¿Una vida se gana así en el infierno?
Había pactado con el diablo y ahora debía cumplir. Y no le importaba, debía asesinar, y eso lo había estado haciendo desde hace unos años. Su pecho se inflo y sus pulmones se llenaron de aire, sintió como el corazón le dolía de lo rápido que comenzaba a latirle. Estaba eufórico y excitado. Estaba en el mismo lugar que donde la había visto. Estaba en el desierto, pero estaba solo.

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