viernes, 5 de julio de 2013

Demolition Lovers: CAPíTULO UNO.

Capítulo uno:
Ocasos tempranos sobre Monroeville


Unas sirenas retumbaban en sus oídos y no estaban seguros de que era. Unas cuantas horas han pasado y era lo necesario para dejar unos cinco cadáveres en el suelo.

—Sí algún día me atrapan—. Él tomo ligeramente la navaja con dos de sus dedos haciéndolo mecerse entre ellos. — Atraviesa mi corazón con ella antes de que me lleven. Húndela en mi corazón. ¿Puedes hacerlo?

Ella asiente y la guarda de nuevo bajo su manga.

Ellos salen de los restos de una iglesia, ellos salen como cadáveres, ellos no están vivos, pero tampoco están muertos. Ellos están en el purgatorio esperando por cobrar una dulce venganza. Una venganza que no tiene nada que ver con aquellas inocentes personas. Pero todos deben pagar. Sus almas no descansarán hasta tener su venganza.
—Amaneceres tardíos y atardeceres tempranos, son maravillosos en verdad—. Ella suspiró despacio llevando su mano a su pecho, para luego dirigirla a la mano de él y tomarla fuertemente como si fuera su única salida. —Son como de películas.
—Es… un poco absurdo que lo creas así—. Él la miro y después la ignoró—. Eres como una asesina en serie y eso debió haberte quitado la sensibilidad.
—No es algo que debería preocuparte, ¿Cierto? — Ella recargó su cabeza en el hombro de él mirándolo por el rabillo de su ojo.
—No, pero me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque eso me gusta.

No tenían ni idea de donde estaban, solo sabían que estaba a punto de llegar el día y su hora del almuerzo había terminado. Conseguir carne fresca para comer al principio había sido duro. Huir como pareja comiendo cualquier carne no virgen era algo enfermo, pero al final tenían que sacrificarse un poquito. Escondiéndose de la ley no podían permitirse muchos lujos y deseos, solo daban paso a la necesidad y al amor. Ocultándose juntos, asesinando juntos. Y eso realmente no les importaba (matar o asesinar), todo el tiempo mientras ellos se entregaban desaparecía, desaparecía todo el mundo, menos ellos.

—¿No tienes miedo? — Pregunto ella alejándose un poco para mirarlo de frente. Y entonces observó algo más. Pero no se atrevió a decir nada.
—¿De qué? — Su tono frío era algo normal e incluso para ella era muy meloso y adorable. Sin embargo no podía permitirse el decírselo. Sería un pecado.
—De que nos encuentren.
—No, no en realidad.
—¿Me amas?
—Mucho.
—Yo también—. Ella sonrió y se sentó alejada un poco de él. Abrazando su cuerpo, mirando el hermoso amanecer, comenzó a susurrar algo audible solo para ella. — No somos asesinos, somos vampiros, no somos asesinos, somos vampiros. No matamos, nosotros comemos, nosotros comemos… comemos.

¿Y es que es necesario matar para comer? Por su amor sí. Porque él se lo ha pedido.

—Basta, basta, no de nuevo—. El agitó la cabeza hacia los lados tratando de ignorar los lamentos de su amada—, basta, no dejaré que te lastimen ¿De acuerdo? Ellos nos ignoran, es como si estuviéramos muertos.
—No, nosotros los lastimamos, no estamos muertos, ellos nos buscan, nosotros los lastimamos — Él se acerco a ella solo un poco, respirando el olor a sangre que emanaba del cuerpo femenino. — No sabes a lo que nos enfrentamos. Ellos lucen… terrible, se quedan desechados como basura. Ellos se vuelven… — Ella suspira y sus pulmones comienzan a realizar una respiración violenta. —, perfectos.

Él le sonrió y tomo su mano fuerte soltando todo el aire que había retenido por los nervios. Unas fuertes sirenas los sacaron a ambos de su hermoso amanecer, giraron sus cabezas solo para encontrar a dos de esos vampiros. Esos vampiros que los perseguían sin parar. Dos policías. Querían separarlos y ellos no podían permitirlo.

—Huyendo y ocultándome contigo — Murmuró él.

Tomo aún más fuerte su mano para que no notara como le temblaba. Comenzó a tira de ella, jalándola, llevándosela, corriendo tomados de la mano. Corriendo como unos locos rateros que corrían con mercancía en las manos. Y realmente no era mucha la diferencia, solo que ellos eran peor que unos simples rateros.

Sus pasos se volvieron flojos y cansados, pisando la tierra que cada vez de convertía en algo seco y áspero. Como un desierto. Estaban en una zona desierta. No había absolutamente nada en su mirada, más que aquel sol que ya no daba rastro de permanecer otros minutos más escondidos. La noche se iba, como ellos se iban.

—No pensé que nos encontrarían ahora y aquí.

Él enseguida notó que ella lo había ocultado. Los había visto y no dijo nada. Lo ignoro y la abrazó fuertemente notando que su cuerpo soltaba temblores y de su garganta emanaban sollozos. Seguían ocultándose, huyendo y escabulléndose entre las hierbas que salían del suelo sin orden alguno. Dejándolos atrás, dándoles tiempo de esconderse.

¿A alguien le importaba lo mucho que se amaban? ¿Alguien lo había notado alguna vez? Él la protegía siempre, la tenía a su lado. Era su amante y la amaba demasiado. Pero al parecer ahora no tenían una salida diferente.
Se amaban tan intensamente que nadie sabía, nadie se enteraba, nadie lo entendería, más que ellos y solo ellos.
Ella supo lo que sucedía en cuanto él tomo su mano fuertemente y la besó. Un sollozó salió con más fuerza y no es que tuviera miedo de irse, más bien, tenía miedo de separarse de él, y sí ¿Después no se volvían a ver? ¿Qué tal que allá no hay nadie? ¿Y si quedaban perdidos en el purgatorio? Tantos asesinatos no son perdonados. Pero ella no quería y no temía ir a algún lado, el problema es que no sabía si él iría con ella.

Él soltó su mano y tomo el arma entre sus manos. Estaba cargada con dos municiones. Jamás la había utilizado, está era solo para la salida de emergencia que justo ahora iban a tomar. Porque ahora que los habían encontrado, desprevenidos, asustados y con miedo era lo único que podían hacer.

Él la miró y con ajos angustiantes se vio forzado a sonreírle para calmar el ambiente. Era denso y pesado, hasta le dolían los hombros. Su mano le temblaba tan increíblemente que tuvo que sostenerla con ambas manos. La levantó pero no apuntó nada. No tenía el valor de terminar con la vida de su amada. No podía y eso le dolía.

—No puedo—. Murmuró con voz increíblemente baja que hasta se sorprendió de que ella pudiera escucharlo.
—Hazlo, no importará mucho cuanto esté muerta.

Él abrió los ojos sorprendido por lo que su amada acababa de soltar. Él tenía miedo. El mismo miedo que ella tenía. No quería dejarla, no quería matarla. Pero ella se mostraba firme, ella estaba accediendo, dándole el permiso de asesinarla. ¿Podía? ¿Cómo lo hacía? Ella estaba dispuesta a dejar su vida.

Los gritos de los policías se escuchaban cerca, y cada vez veía su final más sobre su frente. Cerró los ojos con fuerza, antes de dirigirse a su amada.

—Antes de que apriete el gatillo… Dime que me amas—.

Los ojos de ella se inyectaron de sangre y no expresaban nada en concreto. Eran vacios y profundos a la vez. Era como mil cuchillos clavándose sobre tu cuerpo. Eran venenosos.

—Te amo, más de lo que podría hacerte saber.

¿Alguien lo ha notado? No.
¿A alguien le ha importado? No.
Y seguía con el miedo de apuntarle en la cabeza. Le hacía las cosas más difíciles, sus palabras no habían cambiado nada, él estaba esperanzado en que le soltara un te odio. Pero no.

Cerrando fuerte los ojos, bajo el arma y apunto al pecho de ella. Le sería más fácil disparar el pecho que destrozarle la cabeza. Su mano se agitaba fuertemente, arriba y abajo como si tratara de soplar, se mordió la lengua y disparó.

¿Importa ahora? Sí. A él.
Su cuerpo yace sin vida junto al de él. Apretando sus manos libres. Están unidos físicamente, pero espiritualmente ya no.

Se arrastró junto a ella y la tomo de la cintura inerte apretándola contra su cuerpo.

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