miércoles, 3 de julio de 2013

Demolition Lovers: INTRODUCCIÓN.



Introducción:
Los Vampiros nunca podrán hacerte daño… 
Bueno solo en ocasiones, cuando se trata de unos Amantes Demolidos.



~ 4 a.m. ~
—Cuídate, nos vemos.
—Nos vemos mañana en el colegio, por favor, no llegues tarde que debo copiar la tarea.
—¿A caso no puedes simular un poco el hecho de que me quieres para tu calificación? —Soltó una carcajada.
—No, realmente sabes que lo necesito, bien, nos vemos— Agitó su mano y se despidió de sus amigos quienes se quedaban aún en el club nocturno.

Caminaba con cautela, bolso y celular en mano para cualquier caso de secuestro inesperado. No había ni un auto a esas horas y su plan de llegar pronto a casa se había ido al caño por esa razón. No había nadie que pudiera llevarla ni pidiendo un aventón. El vestido le quedaba realmente corto y el frío de la noche le había levantado los poros de la piel. Su suéter le quedaba pequeño y no se podía cubrir más con él.

Unos pasos, unas risas y unos ojos abiertos como de una mirada a algo paranormal. Se congeló por un momento pero sacudiendo su cabeza unas cuantas veces, emprendió camino de nuevo con sus zapatillas, cuidando cada rápido paso que daba en el asfalto. Podría torcerse un pie y entonces ahí estaría muerta. Muerta de verdad. Un escalofrío recorrió su espalda. Su cuerpo tembló fuertemente y una sacudida le hizo perder la visión. Sus dientes chocaban ante el temblor de su mandíbula y sus pies trataban de pisar más fuerte.

Ni bien había comenzado a correr cuando sobre su camino cruzo una linda dama de blanco. Se sintió aliviada y con suerte, nadie podía lastimarla ahora ¿o sí? Por lo regular los secuestradores atacaban en la olvidada noche, y no ante la mirada de alguien, aunque eso no le quitaba que aún era de noche. Con la respiración a mil por segundo y con el paso apretado se acerco a la dama que caminaba como si fueran las 11 de la mañana. Aquella dama ajena a lo que sucedía a sus espaldas caminaba tranquila y relajada tarareando una canción. Mantuvo su paso tembloroso de cerca hasta que ella se detuvo en seco haciéndola detenerse con miedo también. Todavía se mantenía tarareando la canción hasta que la dama fue bajando la voz hasta hacerlo un murmuro. Ahora sentía mucho más temor que antes.

Su querida salvación no era salvación y se percato de ello, hasta que ella dio vuelta girando sobre sus talones para asesinar con la mirada a quien la siguiera en su paseo nocturno que más bien parecía cotidiano.

Se sorprendió al ver como el vestido blanco de aquella dama no era más que blanco en la parte trasera. Su frente estaba cubierto de sangre, sangre de su cuerpo, su cuerpo herido, herido de balas. Pequeñas cuencas de donde pequeños chorros de sangre se escurrían y eran absorbidos por el vestido. Su rostro era pacifico pero su mirada muy profunda y daba miedo, más miedo por el hecho de tener sangre embarrada por la cara.

Se sintió helada y pálida al mismo tiempo. Retrocedió hasta chocar con algo o más bien alguien más. Se giró lentamente para encontrar a un amante más. Su traje desacomodado y al igual que la dama, lleno de pequeños agujeritos derramando sangre. Su rostro pacifico y con sangre esparcido en el, se torno a uno malicioso y grotesco.

—Dios mío… dios… no.

Sus manos se apretujaron alrededor del cinto que colgaba de su hombro, dispuesta a defenderse, dispuesta a sacar el gas lacrimógeno que tenía dentro de su bolso y rociarlo en su cara. Debió haberse quedado en el club. Debió, pero ya no puede salir corriendo.

Ambos eran tan pálidos que daban miedo. El sol podría quemarlos que dejarles una gran quemadura sería poco.

Los labios de él se entreabrieron dejando ver sus afilados dientes. Tan blancos y afilados. Sus finas manos rodearon la cintura de aquella chica que caminaba aterrada a altas horas de la noche y la pego tanto a su cuerpo que sus huesos crujieron.

—No… Auxilio… Ayuda — Logró murmurar y jadear.

Su mente comenzó a maquilar la idea de llamar a un doctor, pero ahora sentía el bolso muy fuera de su alcance. Aquellas personas estaban locas, estaban exorcizadas, eran el mismo diablo. Pero su sensualidad no la permitía moverse mucho.

Un jadeo salió de sus labios y luego un pequeño grito al sentir los labios de él sobre su cuello, lamiendo, besando y entreabriéndose para por fin dar una mordida. No fue una mordida cualquiera, sentía sus venas bombear. Era veneno. Veneno en su cuerpo recorriendo sus venas y haciéndola convulsionar en los brazos de él. La garganta le quemaba y ya no era capaz de pronunciar alguna palabra.

Ella soltó una risa y comenzó a tararear una canción diferente a la que tarareaba minutos antes y se acercó a él. Una pequeña navaja fue descubierta al subir la manga de tan hermoso y manchado vestido y se la tendió para que prosiguiera. Era su rutina de todas las noches y amaban compartirlo, era tan cotidiano que era tan normal a su vez. Descuartizando el cuerpo de esa pobre chica, ignorando su llanto desesperado, sus suplicas y sus golpes; dejando el cuerpo con viseras al descubierto, llevándose su ropa y sus pertenencias inútiles como papeles y basura, tomados de la mano, salpicados de sangre y compartiendo otro secreto, caminaron unas cuantas calles más en donde se encontrarían a dos chicos más.

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