martes, 6 de agosto de 2013

Por medio de cartas: Capítulo dos.




Hey, lamento habe tardado para subir este capítulo.
  Estaba de viaje y bueno, ya se imaginarán, pero ya lo
 tengo terminado, no sé, espero les guste pues lo eh 
hecho con prisa :( y dejen un comentario. Besos.



Capítulo dos: ¿Más cartas? ¿Para mí?



Oliver tenía ya una semana viviendo en su nueva casa y nada era como lo soñado. Debía levantarse temprano para correr a la cafetería y trabajar como esclavo, dejando un verdadero desastre en su casa, y para arruinarlo un poco más, su turno era completo, por lo que llegaba de noche y era demasiado flojo como para recoger y acomodar lo que estuviera fuera de lugar, lavar los trastos, barrer, trapear o lavar su ropa –aunque por suerte existía la lavadora, aunque aún así era demasiado perezoso para echarla–.

Sus días libres eran los sábados y gracias al cielo por fin era sábado.

Estaba tirado en su sofá boca abajo, con su móvil en la mano revisando sus mensajes y borrando algunos otros. Tenía hambre, pero no tenía nada que comer, ya se había levantado alrededor de tres veces al refrigerador encontrando solo atún y mayonesa.  Había olvidado ir al supermercado por algo de despensa para subsistir.

Estaba un tanto chocado, no tenía nada que hacer y su televisión pequeña aún no agarraba bien la señal. Estaba a punto de quedarse dormido cuando escucho el timbre sonar insistentemente, como si el dedo de cualquier persona que fuera, se le hubiera quedado pegado en el botón.
Soltó un bufido muy molesto y casi de un salto se levanto con pereza del sofá para abrir la puerta con la mentalidad de ahuyentar a cualquiera que le estuviera arruinando su sábado en grande.

— ¿Sí? ¿Quién es y qué quiere? Estaba a punto de echarme una siesta y no es por ser una mierda, pero me la ha arruinado, así que por favor váyase antes de que le escupa en la cara—. Le habló prácticamente a la puerta antes de abrirla.

—Soy yo Oliver, ábreme por favor— Se escuchó una voz muy baja y arrastrando las palabras, y después un golpe seco contra la puerta, como si hubieran dejado caer algo contra ella.

Oliver resignado abrió la puerta y acertó en su pensamiento. Kaleb estaba parado ahí tan demacrado, como si hubiera llorado mucho, ni siquiera estaba abrigado para el frío del día por lo que sin pensarlo lo jaló hacia dentro de su casa y lo guió hasta el sillón. Lo tapó con unas mantas que tenía cerca y le sirvió un poco café que tenía de días anteriores.

—Perdona, no tengo más para ofrecerte— Le dijo pasándole una taza pequeña con café caliente.

—No importa, no vine a que me dieras comida, yo solo vine a, bueno, yo, te extrañaba allá Oliver, estoy muy solo, ¿entiendes lo que te digo? Po favor, sí… si te molestaba que estudiara mucho en las noches con la luz encendida, puedo ya no hacerlo más, me compraré una lámpara o mejor ya no lo haré, ya no hablaré tanto si tanto te molesta y si quieres, ya sabes — se sonrojó de golpe—, besarme, me dejaré, ya no te diré nada, igual si quieres tocarme, bueno, no tanto, pero ya no te golpearé, no te empujaré, no haré nada, pero regresa.

Oliver soltó una carcajada burlesca al analiza todo lo que Kaleb le había dicho ¿Es que acaso e había enamorado de él? Imposible, nadie puede enamorarse de Oliver siendo como es. Un perdedor. Sentía como si burlarse de lo que acababa de escuchar fuera bueno y lo ayudara a liberar todo el nerviosismo que comenzó a recorrerle todo el cuerpo. Los ojos de Kaleb se posaron en los suyos y una mirada llena de rabia e incomodidad le hizo callar de golpe. Kaleb bajo la taza del café que tenía en sus manos y la colocó en una caja aún cerrada sin desempacar.

—No, no puedes hablar enserio, y no puedo regresar, mírame, estoy bien aquí, tengo todo, quizás debería pedir un préstamo para contratar una sirvienta o algo, pero me siento cómodo, tengo mi casa y no lo tomes a mal, pero no soportaba estar en aquel cuarto, es muy pequeño para los dos—. Intentó quitarse el peso de encima pero Kaleb lo mal entendió.

—Pues yo podría, uhm, ¡Ya! Tú sabes, vivir aquí contigo—. Kaleb se emocionó un poco y se acercó a Oliver esperando una respuesta positiva. Pero eso era esperar mucho. Oliver se quedó serio y respiraba muy airado intentando encontrar una manera de decirle a Kaleb que no le gustaba para nada esa idea.

—No, uhm, bueno ya sabes, no puedes dejar de estudiar, no podrías vivir conmigo, solo mira esto, está hecho un desastre, no podrías vivir aquí.

—Pero yo podría limpiar por ti, cuando termine mis clases, a veces suele sobrarme tiempo, yo puedo hacerlo—. Oliver comenzó a inquietarse por la torpeza de Kaleb que no parecía comprender lo que le decía.

—No, no me entiendes, yo no te quiero—.

El silencio que reinó la habitación fue muy incomodo para los dos. La respiración agitada de Kaleb se lograba sentir muy densa, y eso a Oliver le ponía nervioso, sentía como si aquel se le fuera a ventar encima y a estrangularlo con sus pequeñas y delgadas manos, pero para su suerte, eso no pasó.

Kaleb miraba con desesperación el piso y estaba hiperventilando. Sus manos sudaban y antes era por nervios, ahora sudaban por coraje y rencor; Oliver había estado jugando con él entonces, si decía no quererlo ¿Por qué le intentaba besar a la fuerza? ¿Por qué le buscaba y le seducía? Oliver era otro más de los que buscaban un rato nada más. 

Antes de tener uno de sus tantos ataques de nerviosismo y coraje, colocó una mano en el pecho de Oliver, empujándose a él mismo hacía atrás.

—No fue buena idea venir, yo, lo siento si te incomodé, tenía que decírtelo, lamento haber, ya sabes, mal interpretado todo esto.

—Nada de eso, solo no soy así Kaleb, yo lo siento.

Oliver se pensó muy seriamente si acercarse y abrazarlo, pero en ese momento el timbre de su casa volvía a sonar insistentemente robándole un pequeño susto. Soltó una risita y dejando a un Kaleb deprimido en el sofá fue a abrir. Ya no estaba disfrutando su sábado, así que debía atender visitas con la mejor cara.

Miró por la ventana y vio una sombra nadamas. Abrió la puerta encontrándose al cartero de nuevo plantado enfrente de él. Esta vez con dos cartas más.

—¿Más cartas?

—Sí, lo siento, ya le eh dicho que no puedo dejar de entregárselas, es mi deber.

—Olvídelo, es que ni siquiera son para mí—. Oliver se calló y frunció los labios—. No sé por qué le estoy explicando esto.

Rodó los ojos y las tomó para después azotarle la puerta en la cara al cartero.

Unos días pasados le había pedido que dejara de llevarle cartas de esa dirección, sin embargo no podía hacer eso, debía entregarlas, ese era su trabajo, así que Oliver se vio forzado a recibirlas y sin siquiera verlas o abrirlas, las tomaba con coraje y las aventaba a su chimenea para que el fuego siguiera vivo y así se deshacía de ellas.

La chica que le mandaba cartas lo tenía un poco fastidiado, y es que ni siquiera le contestaba, había leído las primeras tres cartas, y de ahí las otras que llegaban las echaba al fuego, y eran casi diarias las cartas, al menos diez habían llegado y seguían llegando.

Kaleb le miró con el ceño fruncido, como su supiera que algo le había incomodado con la visita del cartero. Y aún más con los sobres que había recibido. Lo miró detenidamente y vio como se acercaba a su chimenea y hacía más potente la llamarada. Ya se hacía a la idea.

—¿No vas a leerla? —. Se atrevió a preguntar.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tiene caso, es una chiquilla tonta que me manda cartas sin saber quien soy, solo porque aquí vivía y extraña estar acá.

—¿Y? No sabes si esa niña está enferma.
 
—¿De que va? —Oliver se volteó para mirarlo con un puchero en los labios. Se lo estaba pensando.

—Sí, ya sabes, que tal si es un caso extremo, supongamos que está a punto de morir y por eso está desesperada  mandándote… ¿Dos cartas? — Oliver miró el remitente de ambas cartas y asistió—. Dos cartas, porque lo último que quiere es ver su casa de antes.

—¿Y por qué no viene? No solo son dos cartas—. Las levanto y las agito en su mano—. Han sido como diez como mínimo. Antes me sentía un perdedor porque ni mi familia se atrevía a mandarme unas cartas, pero ahora me siento un perdedor de cotilla a quien una mocosa le manda cartas estúpidas. No tiene caso. Es tonto.

—Tú eres el tonto Oliver, no se puede ni siquiera hablar contigo, así que me voy.

Dejó la manta con la que estaba cubriendo su cuerpo y se levanto sin mirarle a los ojos. Con unas largas zancadas abrió la puerta y salió de la casa dando un portazo que más que portazo había sonado como un “eres un idiota, chupapollas”.

Oliver se quedó mirando la puerta y luego su mirada se posó en ambas cartas que tenía en las manos. Estaba pensándolo mucho. Su mano se estiró hasta una pequeña manija que bajó haciendo que el fuego de la chimenea disminuyera.

—Joder, me voy a odiar por esto.

Se sentó en el sofá y abriendo la primera carta con nada de cuidado, rompiendo la envoltura y tirando los pedazos al suelo descubrió una tarjeta –diferente a lo que había estado recibiendo– con una vista de una ciudad.

Su cara fue un poema, no entendía aquello. Mirándola con detenimiento y sintiendo aún el hambre en sus tripas, sacó un cigarrillo y lo encendió comenzando a fumarlo, para tener la boca ocupada en algo por el momento.

En aquella foto se podía observar la ciudad, en un ambiente caluroso –por el color de la imagen– era un atardecer y se veían unos pies estirados sobre el capo del auto. A lo que en conclusión se deducía que la persona que hubiera tomado la foto, estaba descansando sobre su auto.

Tomó otra calada a su cigarro y lentamente volteó y leyó la parte trasera de la fotografía:

Hola, quien quiera que seas:

De nuevo estoy escribiendo una carta para ti, la cual no me decidía a enviar, pues no sé si hayas leído las anteriores, porque aún no recibo ninguna respuesta L . Pero olvidándonos de eso, quizás aún no recibes nada y es la primera que lees y eso me emocionaría mucho por las razones mencionadas en la carta.  

Adicionalmente eh enviado esta fotografía de mi ciudad, Cincinnati, Ohio. En lo personal amo la vista de la ciudad, aunque probablemente amo más el río que se encuentra muy cerca. Eh mandado una foto antes, quizás la hayas visto o quizás no, pero si quieres podría volver a enviarla, sería un gusto. Solo que por ahora no tengo timbres para seguir enviando cartas L debo salir en busca de más.

Un beso + el de antes.
Andy B.

—Oh dios, maldita chica tonta.

Rodó los ojos y dejó la fotografía a un lado suyo, mientras se pensaba si leer la otra no. La tomo y la miró con un poco de desprecio.

“Sí, ya sabes, que tal si es un caso extremo, supongamos que está a punto de morir y por eso está desesperada  mandándote dos cartas, porque lo último que quiere es ver su casa de antes.”

Se abofeteo mentalmente por hacer caso a lo que Kaleb le había dicho antes de decirle indirectamente que era un insensible de mierda, y abrió el sobre con la carta esta vez con cuidado. De un lado jaló el papel para así abrirla disimuladamente y sacó la carta sorprendiéndose de la letra diferente. ¿Era una chica bipolar? ¿La letra tenía algo que ver? ¿Y si de verdad estaba enferma y sus manos ya no respondían igual?

No podía creer que estuviera pensándolo así. Abrió la hoja y leyó de nuevo.

“Para quien quiera que seas:

Hola que tal, me llamo Andy y esta no sé que número de vez es que te escribo, pero apuesto a que es como la carta número cien que mando.

Eh estado mandando cartas a esa dirección donde estás tú, pero no sé si las han recibido o si esta es la primera vez. Escribo muchas cartas diarias, pero solo mando algunas con temor de que nunca sean recibidas, pero esto es lo de menos.

Cuando tenía cinco años, yo vivía en Kingston, amaba estar allá, el clima me parecía agradable y la pequeña casa donde vivía –que sé, que es la que vives tú, a menos que hayan cambiado las calles y nos números, cosa que realmente dudo mucho–. 

Estoy pensando muy seriamente en ir de visita al menos, extraño ese lugar y por muchas cartas que eh mandado, ninguna ha sido respondida, así que quizás solo vaya a ver sí hay alguien que lee mis cartas o la casa sigue abandonada. En todo caso de que sea la segunda opción no dudaré en comprarla, claro cuando tenga mi mayoría de edad, aunque no sé porque te cuento esto.

Para lo que te escribo es para pedirte un favor…”

—El mismo—. Pensó Oliver.

“Para lo que te escribo es para pedirte un favor. Necesito una fotografía de la casa. Sí, es algo tonto, pero la quiero y la necesito pronto; bueno, en caso de que la estuvieras leyendo, necesito una fotografía pronto, o de la ciudad si quiera. Es solo para mirarla algunos días.

Espero con todas mis ansias respondas esta carta con lo que eh pedido, o al menos una respuesta positiva de que mi lugar soñado aún existe. De lo contrario ni siquiera sabré si mi carta llegó o si la han leído o no.

Un saludo para ti extraño y eh enviado una fotografía extra de mi lugar. Espero la disfrutes como yo quiero disfrutar de Kingston.
                                                                                                 Un beso. 
Andy B.

Oliver tenía una cámara fotográfica pequeña, que aún necesitaba de rollos, algo inútil, pero solo la ocupaba para ocasiones especiales, eventos únicos, o momentos estúpidos hechos para recordar.

Sin embargo esa vez, dejando las hojas de la carta abiertas en el sofá, camino hacia su caja –aún no abierta– llena de cosas que no ocupaba seguido y la encontró en su caja enrollada de periódico. La tomó y la reviso por todos lados constatando que aún servía.

—Me voy a odiaaaar.

Salió de su casa, tomando las llaves, con el teléfono en mano y la cámara fotográfica más unos cuantos rollos más para poder fotografiar algunas cosas extras, quizás así esa chica molesta dejaría de molestarle un poco.

Tomó un taxi y le pidió que le llevara a la colina más cercana, y aunque le dolió la cantidad de dinero que le cobró, admitió que valía la pena pues era una vista preciosa la que se presenciaba desde allá arriba. Sacó su móvil y comenzó a marcar un número en su agenda.

—¿Rebeca?

—¡Oliver! Pero que jodidos que me llamas, no sabía nada de ti, sólo lo básico, que habías dejado al nerd de Kaleb y vivías solo.

—Vale, luego me regañas, ¿quieres salir?

—¿Dónde? 

—La colina de siempre.

—Espérame ahí, que estoy segura que me has marcado para que vaya por ti. Cómprate un coche quizás.

—Quizás, pero no. Apúrate ¿Quieres?

Cortó la llamada y tomó su cámara poniéndola bajo su brazo. 

—Mira Andy, mira lo que hago por tus tontos caprichos y favores. Ojalá con esto dejes de mandarme más cartas, ya no te soporto.

Sacó otro cigarro, encendiéndolo con ayuda de sus manos tapando el churrito del aire helado que corría, comenzó dale profundas caladas mientras miraba su “ciudad” –que más bien era un pequeño pueblo en medio de la nada, con mucho comercio– . Sacando el humo por la comisura de sus labios mientras que con las manos, tomo la cámara y comenzó a tomar algunas fotos a lo tonto sin importarle si salían bien o no…
Y después de un rato, estaba fotografiándose a él mismo. Haciendo caras ridículas esperando a Rebecca para que le llevara a su casa y quizás invitarla a tomar algo y luego algo más.





2 comentarios:

  1. hdsjkdas "era demasiado flojo como para recoger y acomodar lo que estuviera fuera de lugar, lavar los trastos, barrer, trapear o lavar su ropa –aunque por suerte existía la lavadora, aunque aún así era demasiado perezoso para echarla–."....¿acaso estás espiándome? 7u7

    Pobre Andy, primero, está traumado con su antigua casa, luego Oli cree que es una chica, y ahora que es una chica enferma DD:
    XD

    Y nada, seguiré con mi lectura...*se coloca unos lentes que hacen que sus ojos se vean ENORMES y sigue leyendo* (?)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hello :3
      Ah que, esa es mi historia, de verdad soy demasiado floja para echar mis cosas a lavar xD
      Lo sé, Andy es muy infantil y todo ese rollo, entonces ahí veras la cosa xD
      Espero sigas leyendo :3

      Eliminar